EL CÓMO Y EL QUÉ DEL DISCURSO ELECTORAL
Presidenciables
Sábado|22|MARZO|2008
La campaña ha avanzado lo suficiente como para que sea posible caracterizar el sello personal de cada candidato en su manera de hablar, de moverse en el escenario y de expresar sus ideas. Están tan expuestos que emergen ciertos "tics", pese al esfuerzo de sus asesores de imagen. Hagamos la recorrida.
Blanca Ovelar nunca parece del todo cómoda en un escenario público. Es como si prefiriera espacios menos multitudinarios, donde sea posible explayarse con más calma sobre aspectos técnicos del gobierno. Para peor, la liturgia colorada la obliga a "coloradizar" su tenida y su lenguaje. Así, se ve obligada a usar vestidos furiosamente rojos, a agitar una bandera partidaria en la mano y a hablar a los gritos.
Lo que realmente piensa hacer como gobernante del Paraguay, recién lo sabremos -si gana las elecciones- el día que asuma. Por ahora la omnipresencia de Nicanor Duarte a sus espaldas la constriñe a no salirse de un libreto repetitivo, lo que resta fuerza a su propio perfil. No es fácil su papel. Cualquier cosa que proponga, incita a una pregunta del interlocutor: ¿y por qué no lo hicieron antes? De todos modos, hasta este momento, Blanca Ovelar la está sacando barata. Los otros candidatos no la han colocado contra la pared en ningún debate.
Fernando Lugo no debe dar demasiados dolores de cabeza a sus asesores. Prudente, previsible, sin estridencias, difícilmente haga una declaración fuera de lugar que pudiera poner en riesgo su intención de voto. Pero es esa ausencia de altibajos la que impide arrebatos de entusiasmo de sus adherentes. Lugo se viste, se mueve y habla con una simplicidad que siempre está a medio camino entre la digna austeridad y el soberano aburrimiento. Sus humildes sandalias franciscanas parecen resumir a la perfección el contraste entre sus fortalezas y debilidades como candidato. Con una pata de apoyo hundida en el más rancio conservadurismo liberal y la otra en el archipiélago de movimientos de izquierda, sus posiciones políticas son siempre crípticas y ambiguas.
Lino Oviedo en medio de la gente parece un niño con un juguete nuevo. La adrenalina le fluye a la sangre y se vuelve dicharachero y locuaz. Es en estos momentos cuando suele meterse en problemas por hablar de más. No hay asesor que pueda pararlo, sobre todo si se encuentra rodeado de adherentes. En esta campaña se ha esforzado por parecer menos amenazante. Ha priorizado la descripción de rocambolescos megaproyectos de gobierno que supuestamente realizará cuando sea presidente. Erradicó la corbata de su vestuario y utiliza habitualmente una camisa blanca de mangas cortas. Debe reconocerse que los implantes capilares y las cirugías estéticas le han sacado años a su rostro y que el ex general parece mantenerse en buena forma física.
Pedro Fadul se mueve como pez en el agua en los debates. Sus atuendos son impecables y su postura elegante. Como sus gestos. Y sus pausas. Pero allí también está el problema. Todo parece demasiado estudiado y algo sobreactuado. En estilo e ideología, Fadul es la versión nacional del político bonaerense Macri. Ha sido el que salió mejor parado en los duelos televisivos. Y, además, el que expresa con mayor claridad su programa de gobierno. Como los otros candidatos, maneja bien el guaraní.
Como ve, todos aprueban el examen pero ninguno cautiva hasta la emoción. No es obligatorio que lo hagan. Pero todo sería más divertido si fueran capaces de hacernos reír o llorar. Y eso, ninguno lo logra.
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