Tormenta a punto de ser un huracán
El ojo despierto
Una muy paraguaya actitud es considerar cualquier problema incipiente como un vyrorei, algo irrelevante que no va a tener un gran impacto.
Ese comportamiento no tiene que ser atribuido solo a los gobernantes, es también una conducta típica de los gobernados.
Por eso es que se ven negros nubarrones en el Poniente y todos coinciden en que a lo sumo los relámpagos y truenos se traducirán en algún chubasco, un aguacero mbarete porä, pero no más.
La toma de precauciones, por lo general, no figura en el manual de hábitos. Es más, está muy arraigada la idea-fuerza de que en la improvisación se ha de encontrar la manera de salir del callejón que parece no tener salida.
Cuando la tormenta desprende techos, derriba añosos horcones que parecían inamovibles y desata el miedo, ya es tarde: el viento ya destrozó cuanto encontró a su paso. Si a alguien se cayó en la cabeza una pesada viga de tajy, ya el finado empieza a palidecer.
Con el problema de la tierra en el Paraguay pasa lo mismo.
"¿Problema? Mba'e problémata piko si ko Paraguáy-pe yvýntema la heta ha hembypáva" fue durante muchos años la reacción ante el planteamiento de la necesidad de estructurar una reforma agraria que resolviera algo que más tarde o más temprano iba a causar incendios.
Para no ir tan lejos, la venta de las tierras públicas, a fines del siglo XIX, después de la Guerra Guasu a Carlos Casado, la Industrial Paraguaya y la Mate Larangeira, fue el primer gran zarpazo a la riqueza nacional de vasta extensión.
Sobraba todavía mucha tierra, mucho monte. Parecía que nadie iba a ocupar toda su superficie e iba a agotar sus guatambu, incienso, lapachos, urunde'ymi, cedros, peterevy, kupa'y, guajayvi, yvyraju, yvyrapëpë, jata'yva y timbo.
Después de la guerra con Bolivia, sin embargo, ya asomaba con relativa fuerza la falta de tierra para los campesinos. El gobierno del coronel Rafael Franco fue el que mostró un camino que hubiera podido conducir a una justa distribución.
Transcurrió el tiempo y a finales de la dictadura de Stroessner saltó por primera vez en la superficie lo que en la era democrática iba a explosionar cada vez con mayor estruendo.
Aun así, los sucesivos gobiernos no le prestaron la debida atención. "Vyrorei, heta la yvy", seguían diciendo en discursos que pasaban por alto el aumento de la población y el avance de la agricultura mecanizada que reclamaba espacios para desarrollarse.
Hoy, la voraz tormenta enfrenta a sintierras y contierras. En ambos bandos hay verdaderos y falsos. Lo que hace rato se veía venir sin prevérsele una respuesta, hoy ya es una tormenta a punto de convertirse en huracán.
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