Bienvenida escuela-carpa
Sobre el punto
La medida adoptada por el Gobierno de acercar educación a unos mil niños, hijos de los campesinos situados en campamentos frente a tierras que hoy pretenden en Ñacunday, debería ser celebrada.
Independientemente de que sus padres realicen ocupaciones o cierres de ruta, esos niños tienen todo el derecho de recibir educación de calidad, donde quiera que se encuentren.
En el caso que nos ocupa, se trata de niños que están viviendo bajo carpa, sin comodidades básicas ni condiciones mínimas de salubridad. Esto ya comporta demasiado sacrificio.
Hasta donde están no llegan buses escolares para recogerlos y conducirlos hasta la escuela más próxima, como ocurre en otros países donde el Estado funciona efectivamente, y se asegura de que ningún niño sea condenado al analfabetismo o a contraer enfermedades prevenibles.
Si los padres de estos niños ubicados, circunstancialmente en Ñacunday, son irresponsables, porque no se ocupan de asegurarles educación y otros derechos básicos, el Estado tiene la obligación de intervenir y garantizarles una atención integral.
Sus derechos están por encima de la actitud que asumen sus mayores. Si estos no cumplen con los deberes del cuidado, para eso están las normas, para obligarlos y sancionarlos. Más aún si están creadas las condiciones de accesibilidad a los servicios educativos y de salud.
Pero lo que no podemos permitir como sociedad es que esos niños queden fuera del sistema educativo formal y que, encima, crezcan viendo y escuchando únicamente lo que la precaria vida de los campamentos permite conocer.
Ellos y todos los niños del país tienen derecho a mucho más, aunque para ello se tenga que recurrir a la modalidad de la escuela itinerante.
De hecho, antes que criticar esta medida, lo que se debería reclamar al Gobierno es que haya escuelas-carpas hasta en los lugares más recónditos del territorio nacional, aunque fuere solo para brindar educación a un par de niños.
Tampoco se puede aguardar que primero se resuelvan los problemas de tierra y de pobreza, y se inicie, alguna vez, una política de reforma agraria, para ocuparse de los hijos de los carperos y de todos los campesinos que buscan un lugar donde afincarse.
En realidad, lo ideal es que ningún niño sea obligado a crecer bajo una carpa, en la esquina de una calle céntrica o hurgando en la basura.
El camino para que los niños en Ñacunday no repliquen el mismo destino que sus padres es la educación.
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