La bisagra histórica de febrero del 89
Antes del séptimo día
Pasan los años y va quedando en claro que el 3 de febrero de 1989 figurará en los libros de historia como una de las fechas más significativas del siglo XX paraguayo. Es la histórica bisagra entre la más larga de las dictaduras y el mayor periodo ininterrumpido de libertad desde nuestra independencia.
23 años después, aquel viejo Paraguay solo permanece en la memoria de quienes lo vivimos. Aquel país de la asfixia gris, de la obsecuencia kitsch, de la prepotencia impune, ya casi no se recuerda. Prevalece una mirada edulcorada que describe un país más seguro y con menos problemas.
¿Cómo transmitir a los jóvenes la mediocridad agobiante de aquella época? ¿Cómo decirles que la gelatinosa democracia que tenemos es la hija parida por dos generaciones disfuncionales, intoxicadas por más de tres décadas de cadena oficial de emisoras, de la Voz del coloradismo, de discursos oficiales, de anticomunismo cerril, de prensa acallada, de miedo sistemático?
Un miedo colectivo tan difícil de explicar a quienes se volvieron adultos hablando sin temor de todo y con todos. Durante el stronismo teníamos un país mucho más tonto y desinformado que el de hoy. Había temas de los que no se hablaba. De los que no se escuchaba nada en la prensa, ni en el colegio ni en el bar ni en la familia.
Esta es la democracia que han podido construir los actores políticos de la transición con los pobres instrumentos cívicos heredados de la dictadura. Por eso nuestra transición fue ridículamente larga. Tutelada por militares y organizada por stronistas sin Stroessner, nació sin memoria referencial de algún otro periodo cercano de institucionalidad democrática y, por ende, sin ciudadanía crítica ni experiencia previa. Y, con recursos humanos improvisados, se fue construyendo a los tumbos, jalonada por intentos fallidos, frustraciones y lentos avances.
Para peor, por el camino hubo ausencias sin aviso, cuyos aportes hubieran sido útiles pero que se diluyeron, vaya uno a saber por qué. Como la de aquel sindicalismo unido, fuerte y con valores morales de los últimos años del stronismo. Como la de los universitarios organizados, pensantes e influyentes con quienes contábamos hasta que la FEUP se derritiera. Como la de líderes políticos visionarios, austeros e incorruptibles, que se fueron extinguiendo a medida que progresaba la transición.
Aquí estamos, 23 años después. En un país pobre y desigual, con instituciones frágiles y en el que persiste la impunidad. Pero, al mismo tiempo, un país más plural, con libertades públicas, menos prepotencia y mayor ciudadanía.
Permítanme defender esta democracia de cuarta. Hemos hecho bastante mal algunos deberes, pero ninguna mirada al pasado ofrecerá nada mejor. El 3 de febrero fue una bisagra histórica entre un país chato y monocorde, y otro lleno de conflictos, pero pleno de potencialidades.
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