Barrios, pandillas y drogas

Publicado por: Susana Oviedo | Miércoles 01 Febrero 2012 | 10:02Hs.

Sobre el punto

Email: soviedo@uhora.com.py

Los campamentos, talleres de informática o reparación de celulares y artesanía; o clases de refuerzo escolar y sobre sexualidad; jornadas de deportes, concursos de conocimiento, actividades de voluntariado y ferias para el primer empleo no llegan a los barrios. Y eso que el país presenta como una de sus mayores ventajas comparativas precisamente la juventud de su población.

La falta de oportunidades e iniciativas para la formación y recreación de miles de jóvenes que inundan con su energía los populosos barrios capitalinos genera un atractivo clima, sin embargo, para que otro tipo de propuestas con sello de violencia desembarquen ante ellos de manos de microtraficantes de drogas y otros delincuentes varios.

Personas inescrupulosas que terminan destruyendo lo mejor de la juventud, que es su enorme potencialidad para "mover montañas" y transformar. Los delincuentes convierten en pandilleros a muchachos y chicas a los que el Estado no está ofreciendo ninguna otra opción para que desplieguen todas sus capacidades. Con las pandillas, la convivencia pacífica desaparece.

Los medios de comunicación se hacen eco actualmente de las disputas frecuentes entre grupos de jóvenes organizados en bandas o pandillas para controlar áreas de sus propios barrios, como porciones de mercado para la venta y consumo de drogas. Escenas típicas en las películas de gánsteres.

En los últimos días, los canales de televisión mostraron repetidas veces escenas de un enfrentamiento entre chicas y muchachos de barrios vecinos, sin que nadie haya podido precisar aún el verdadero origen de la pelea. Aunque la sospecha es que la disputa es por dominio de la zona.

En sus afanes de imponerse el uno al otro, estos chicos provocan daños a los bienes de terceros, se apoderan de las calles y obligan al resto de la gente a encerrarse en sus casas. Hasta ayer no hubo bajas, pero el temor es que vaya a producirse la pérdida de una o más vidas, como ocurrió en los barrios San Felipe y Chacarita.

Cuando en sus luchas resulta herido o muerto uno de los integrantes de los grupos enfrentados, la siguiente "batalla" no tarda en llegar y es para vengar al caído. De este modo empieza una espiral de violencia que mantiene en zozobra al vecindario, y debería preocupar a toda la sociedad.

Resulta que chicos de otros barrios los observan y empiezan a imitar. Se replica el mal ejemplo.

Un problema realmente serio, más aún porque el Estado lo encara únicamente por la vía de la represión. Envían policías por unos días hasta restablecer un clima de tranquilidad, falso. Y lo hacen a sabiendas de que el deterioro social tiene profundas raíces y seguirá creciendo. Por lo tanto, demanda respuestas integrales, intervenciones amplias que entidades como el Viceministerio de la Juventud ya deberían estar impulsando.

 

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