JAEGGLI Y LOS LIMPIAVIDRIOS
En perspectiva
El senador liberal Alfredo Jaeggli informó que presentará un anteproyecto de ley para eliminar las cuadrillas de limpiavidrios y cuidacoches de la vía pública. Argumenta que "por culpa de la pobreza imperante", que, aclara, no es su culpa, se ve en la necesidad de reglamentar el trabajo en las calles por la agresión y el peligro que estos representan para la ciudadanía, según publica ÚH en su edición del 7/04/10. "La idea es asegurar el libre tránsito por las calles y avenidas sin que la gente se sienta amedrentada cada vez que para en un semáforo o estaciona su vehículo", apunta el legislador, agregando que la normativa también buscará proteger del trabajo forzado a los más pequeños.
El acelerado incremento en el número de niños, jóvenes y madres que mendigan en las esquinas de los semáforos en Asunción, o que realizan dichas actividades, es -sin dudas- uno de los problemas más graves que tiene el país, y cuya solución es permanentemente reclamada por la ciudadanía y los medios de comunicación a lo largo de todo el año. Es un problema de larga data que se viene agravando a pasos agigantados, ante la impotencia de una población que cada vez más siente que el problema no es suyo, sino de otros; postura que vale analizarla en otra oportunidad.
Sin embargo, a pesar de la gravedad del tema que le ocupa en esta oportunidad, la manera en que el legislador lo presenta es como querer eliminar la pobreza mediante una ley. Eliminar a los pobres "por decreto", como se suele decir.
La pobreza es el resultado de problemas complejos que merecen un tratamiento mucho más amplio que una simple prohibición de que aquellos la padecen y sufren sus consecuencias salgan a las esquinas a trabajar o mendigar.
Es claro que todos queremos que estas personas ya no estén allí, principalmente los niños. Que estos hombres y mujeres tengan un trabajo digno, y sus chicos una mejor calidad de vida. Pero no se puede pretender alcanzar ese objetivo tratando simplemente de "borrarlos" de nuestras esquinas.
Es una realidad que requiere una mirada totalizante e inteligente de quien la quiera afrontar de manera justa y verdadera. Es una problemática que exige considerar seriamente su origen, donde la educación tiene un papel vital y más que protagónico, un tema en el que no se puede dejar de lado la dignidad de los afectados. Hablamos de personas, no de números o seres sin valor por la situación en la que se encuentran.
Quizás algunos puntos podrían ser rescatables -incluso aprovechables- en esta futura propuesta de ley. Pero lo concreto es que, por más que no le guste a Jaeggli, el trabajo para superar este drama urbano debe ser en conjunto y coordinado con varios sectores y organizaciones, debe ser una iniciativa que considere mucho más factores de esta realidad tan compleja como dolorosa.
El Estado y el Gobierno actual -y más aún el de otras épocas- tienen una gran responsabilidad en la existencia de estas terribles escenas que pululan en los semáforos de nuestra capital. Eso no se puede negar. Y a estos se suman decenas de organizaciones no gubernamentales que están más preocupadas en concretar proyectos teóricos que aseguren una buena financiación extranjera, antes que lograr resultados realmente significativos, reales y concretos con relación a esta problemática.
La pobreza tiene como principal víctima al ser humano, a la persona en su individualidad, y cualquier solución tendrá necesariamente que apuntar hacia ella, hacia su educación y dignificación.
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