ME ESTOY PONIENDO VIEJO
Opinión
Domingo, 13 de Septiembre de 2009
Debo estar poniéndome viejo. Debe ser por eso que empiezo a recordar con nostalgia mis inicios en esta profesión, y que a la distancia se me antoja que en aquellos tiempos -no tan lejanos, por cierto- eramos ligeramente más pudorosos con relación a ciertos temas.
Había ciertos códigos básicos que se me antoja están cayendo en desuso.
Y me asusta.
Me explico. Entonces, como ahora, había colegas que se encargaban de escribir aquellos temas en los que los dueños del medio tuvieran algún interés en particular, y de escribirlos de la forma en que los dueños del medio quisieran que fueran leídos.
Es lo que se conocía como un "TS", o trabajo sucio.
Los responsables de los "TS" eran pocos.
El resto de la redacción sabía que eran ellos quienes escribían los "TS", y ellos sabían que el resto de la redacción sabía.
Así, su relación con los demás periodistas era pobre. De alguna forma, eran los parias de la profesión.
Eventualmente, podían gozar de algún privilegio. Quizás un mejor salario. Pero dudo que aquellos beneficios paliaran su descrédito con la perrada.
De hecho, dudo que fuera gente feliz. Nadie que cometa la locura de abrazar esta profesión puede ser feliz sabiéndose traidor de sus causas.
Por eso los "TS" eran pocos. Y aún esos pocos sentían vergüenza de lo que hacían, aunque nunca fueran a admitirlo. Muy pocos de ellos sobrevivieron al paso del tiempo. Un periodista que ha perdido credibilidad vale tanto como un futbolista en silla de ruedas.
Por eso, era muy difícil escuchar a un cronista o a un conductor de radio -o leer en una crónica firmada por su autor- una defensa abierta de los intereses del dueño del medio o del grupo político al que este pertenecía.
Claro, estaban los grandes operadores políticos; pero, esos se manejaban a otro nivel. De hecho, muy pocos eran periodistas.
Tampoco había colegas haciendo gala de un nivel de vida que sus ingresos no pudieran pagar. De seguro había quienes recibían algún beneficio a cambio de potenciar algún político, o de promocionar algún evento.
Pero, por lo general, intentaban disimular esos ingresos non sanctos.
En suma, había cierto pudor.
Desde hace un tiempo, sin embargo, vengo escuchando a algunos colegas defender causas empresariales o posiciones políticas que tienen directa y abierta relación con los intereses del propietario del medio donde trabajan.
Y lo hacen sin ningún disimulo, sin sentimientos de culpa, sin la menor vergüenza. Esto significa que con tal de mantener el espacio o de conquistar otros nuevos están dispuestos a hacer las concesiones que sean.
O peor, que no consideran que lo que están haciendo esté mal. Que no les parece que faltan a la ética. Que ni siquiera se plantean el tema.
Si es así -y dolorosamente creo que es así- resulta obvio que en algún momento de esta larga y engorrosa transición perdimos el norte.
Temo que de veras crean que los periodistas que intentan llevar una vida decorosa teniendo como único ingreso su salario son iguales que los que ostentan un nivel de vida financieramente inexplicable.
Que crean que aquellos que se dedican a informar sobre lo que le importa a la gente son iguales que los que solo informan lo que importa a los dueños del medio, o sus propios amigos políticos.
Puede que hoy tengamos internet y que los periódicos estén en declive; pero hacer periodismo sigue siendo lo mismo. Es una pasión por revelar lo que la gente tiene derecho a saber, y la firme e ingenua convicción de que algo podemos hacer por mejorar el mundo, el nuestro. O morir en el intento.
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